YELENA ISINBÁYEVA BRILLÓ EN LAS ALTURAS

Los Juegos Olímpicos son un acontecimiento deportivo al que todo atleta profesional aspira asistir al menos una vez en su vida. Y subirse al centro del podio, con la medalla de oro colgando sobre su pecho, sonando el himno de su nación en el estadio, es más deseado todavía. Al celebrarse cada cuatro años, este sueño puede truncarse en el peor momento debido a las lesiones. La palabra olimpo, procedente de la mitología griega, significa lo más alto entre lo alto, de ahí su consideración divina. Por eso, una victoria supone, en términos deportivos, alcanzar la gloria. Así que aquellos atletas que logran medalla en cada juego que compiten se convierten en seres inmortales. Y si encima baten un récord deportivo mundial, son sinónimo de deidad. Un lugar al que solo unos pocos acceden, como Yelena Isinbáyeva.

Yelena Isinbáyeva mordió el oro

Ya retirada, participó en tres ediciones: Atenas 2004, Beijing 2008 y Londres 2012. En las dos primeras participaciones logró batir récord. Ella misma, mientras compitió, lo hizo con una confianza inaudita. Llegaba a sentirse como única aspirante y rival. Su lucha no era sino contra sí misma por mejorar sus propios resultados anteriores. Y con esta ambiciosa premisa Yelena Isinbáyeva mordió el oro muchas veces sin renunciar a su feminidad. Logró destacar en una época en la que los máximos exponentes de la competición olímpica eran hombres de otras disciplinas. Como el nadador estadounidense Michael Phelps y el atleta jamaicano supersónico Usain Bolt. Ella no solo puso cara a la mujer deportista, sino que también representó el vuelo del ave fénix ruso tras la hecatombe de la URSS; claro dominante deportivo hasta su desintegración geopolítica.

Yelena Isinbáyeva se emociona al hablar sobre su competición olímpica

Una manera de demostrar que con orgullo se consigue el éxito. Siendo mujer, ciudadana rusa y saltadora, la magnitud de sus logros son incomparables. Porque su disciplina deportiva no es tan mediática como el fútbol o el tenis, y su nación no es la mejor aliada. Que ella compitiese sin rivales técnicos la elevan al trono deportivo mundial. Porque competir implica una lucha de sujetos entre sí, pero excepcionalmente esta lucha queda anulada por un talento supremo individual. Aquí la competición pervive a costa de la mentalidad del deportista sobresaliente. Y sobrellevar el estrés que produce arriesgar contra los límites propios que uno mismo desconoce es peligroso. Por eso, el talento de Yelena es inconmensurable.

Imparable su ascenso a la gloria olímpica

La atleta de los récords mundiales nunca tuvo rival en el salto con pértiga. Tampoco es que sea una disciplina muy conocida, pero entonces el carisma de Yelena sobre la pista acaparaba los focos. Así, las expectativas para que alcanzara un nuevo registro deportivo fueron creciendo de torneo en torneo. Pero era en los Juegos donde sus actuaciones brillaban especialmente. Nunca decepcionó. Su figura es tan grande, que después nadie ha sido capaz de hacerle sombra. Ni hombre ni mujer. Fue imparable su ascenso a la gloria olímpica mientras compitió. Se convirtió en un faro para la mujer. Aunque fuera casual, su nombre, de origen griego también, significa luz y antorcha. ¿Justicia poética?

Yelena Isinbáyeva realizando la prueba con la que conseguiría el oro olímpico y un nuevo récord mundial en salto con pértiga

Antes de su entrada en escena, seguía un ritual. Jugaban sus dedos -llevaba siempre las uñas pintadas- con la pértiga mientras recitaba en voz alta. Se desconoce si era un rosario, un texto patriótico o un simple recordatorio de los pasos que dar. Los comentaristas en ningún caso intentaron descifrar esto para los espectadores en televisión. Aunque solo verlo te hacía presagiar que Yelena Isinbáyeva acabaría batiendo un nuevo récord. Y que se proclamaría campeona por defecto, haciendo un saludo efusivo al público. Aunque lo más correcto sería decir que ganó siempre por mérito propio. Que batiese la plusmarca mundial de salto con pértiga femenino en 28 ocasiones, 15 al aire libre y 13 en pista cubierta, no es precisamente tener una flor en el culo. Requiere dedicación y esfuerzo, sacrificios personales y familiares. Desde 2009 nadie ha superado la altura de 5,06 m que consiguió Yelena.

Rusia, sin competir en Tokio 2020

En 2013, en los mundiales de atletismo celebrados en Moscú, Yelena Isinbáyeva decidió retirarse tras lograr ganar el oro saltando 4,89 metros. Superada la treintena, sintió que su carrera había llegado a término. Distinciones y reconocimientos no le habían faltado durante su trayectoria. Considerada por la Asociación Internacional de Federaciones de Atletismo en tres ocasiones y los Premios Laureaus en dos como mejor atleta del año, también recibió el Premio Príncipe de Asturias en 2009. Ya no tenía necesidad de seguir compitiendo; era momento de que entrara una nueva generación de atletas.

Yelena Isinbáyeva y su último récord mundial, todavía vigente

Aunque se preparó para lograr su tercer oro olímpico en Río 2016, no pudo participar al ser suspendida su federación. Al igual que ahora en Tokio 2020. Pues la Agencia Mundial Antidopaje sancionó a Rusia al quedar probado su sistema de dopaje. Una mancha que no afecta a su vitrina personal, pero pone en entredicho la honestidad del deporte ruso. El golpe definitivo para que Yelena Isinbáyeva no pueda competir más. Eso no le ha privado de hacer vida familiar. De hecho, decidió ser madre. Pero, cuando está cerca de cumplir los cuarenta, habría sido un reto enorme. Una lástima, porque habría demostrado una vez más que las mujeres en su madurez también son deportistas increíbles. Que los techos de cristal están para romperse. Y que para Yelena el cielo es el límite.

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