EL ARSENAL DE WENGER NO GANÓ LA CHAMPIONS, PERO SERÁ RECORDADO POR SIEMPRE

Siempre se ha dicho que en el fútbol hay cierta injusticia. Equipos históricos que desplegaron un juego vistoso, espectacular o eléctrico, después no alcanzaron el resultado esperado, es decir, ganar un título. La Naranja Mecánica, aquel combinado holandés que disputó dos finales de Copa del Mundo consecutivas (1974 y 1978), por ejemplo. Su estilo de toque y dominio absoluto del balón marcó un antes y un después en el deporte rey. Enamoró al público con ese ‘fútbol total’. Y luego está el Arsenal de Àrsene Wenger.

Y luego está el Arsenal de Àrsene Wenger

Hasta ese momento, casi todos los equipos jugaban a una misma cosa. De modo que con el tiempo uno solo se acordaba del equipo que ganaba la copa. Desde entonces, el fútbol ya no sería igual. Pese a quedar en segundo puesto, un equipo podría ser recordado al cabo del tiempo por su modo de juego. Así, hasta nuestros días. Seguro que cuando piensas en juego bonito lo asocias al Barça, ya que, desde que Cruyff ocupó el banquillo, el club ha respetado siempre dicha filosofía de juego. Que además levanta títulos todos los años. Después está la escuela del Ajax de Amsterdam, feudo también del entrenador que saboreaba chupa-chups en la banda. Aunque en Europa no haya vuelto a brillar como en los setenta, es un club histórico que representa los valores del sistema 4-3-3. Y ojo, porque parece que su retorno a la élite va en serio tras alcanzar las semifinales de la Champions la temporada pasada.

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Y luego está el Arsenal de Àrsene Wenger. Su larga trayectoria en el club, 22 años en el mismo puesto, consolidó su idea de cómo concibe el fútbol. Wenger consiguió darle al Arsenal una identidad de fútbol. Durante ese tiempo, además, obtuvo grandes logros, aunque hay alguna espina clavada que nunca olvidará.

El Arsenal, un club tradicional

El entrenador galo formó un equipo de jugadores que destacaban por su fuerte físico, pero también por su exquisita técnica. Llegó al club a principios de la temporada 1996/97, en medio de una crisis veraniega que acabó con su predecesor por falta de acuerdo en la planificación deportiva. Por aquel entonces, el club de los ‘gunners’ era conocido por mantener un estilo de juego más tradicional, esto es, combinar los mínimos pases y siempre largos hacia la portería contraria. Una práctica que por entonces la mayoría de equipos desarrollaban en la Premier League. Nada tiene que ver con la actualidad. De modo que la llegada de Wenger al club londinense supuso una auténtica revolución en las islas.

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Pronto pudo reconocerse su juego, más sofisticado, sin renunciar al éxito. Levantó tres títulos de liga (1998, 2002 y 2004), disputándole la hegemonía al todopoderoso Manchester United de Sir Alex Ferguson. Sin embargo, una serie de factores perjudicaron la buena estrella del Arsenal de Wenger, y dejó de ser candidato a los grandes títulos de la temporada conforme pasaban los años. La última liga que ganó su Arsenal, en 2004, fue histórica, ya que se mantuvo invicto en toda la temporada.

La revolución de Wenger

Lo primero que hizo Wenger al llegar al banquillo del Arsenal fue cambiar el estilo de vida de sus jugadores. Es decir, que los jugadores dejaron de consumir pintas de cerveza como mandaba la tradición. También dio a conocer el brócoli, ya que la dieta de los jugadores apenas contenía verduras. Esto lo aprendió muy bien de su estancia en Japón, su anterior aventura a comandar el club de los cañoneros. Puso a sus jugadores en manos de un osteópata, el francés Philippe Boixel, para dejar sus cuerpos a punto. Además, Wenger se tomaba en serio que sus jugadores realizaran los estiramientos previos y posteriores al ejercicio físico.

Digamos que profesionalizó al jugador de fútbol británico, incapaz de someterse a una disciplina seria como lo hicieron mucho antes el resto de europeos. Y para más inri, el club cada año invertía más en jugadores provenientes de ligas europeas mientras creaba una infraestructura de ojeadores globales que reclutarían futuras promesas del fútbol mundial. De modo que el Arsenal, un club que representaba la idea del fútbol añejo y conservador, pasó en poco tiempo a ser la revolución de Wenger en el fútbol británico.

Adiós a Highbury, el feudo con más de noventa años

Durante noventa y tres años, el equipo del distrito londinense de Highbury jugó muchas tardes en un pequeño estadio que daba cabida a pocos menos de cuarenta mil aficionados. En 1913 se levantó el estadio del Arsenal Football Club -más conocido como el Highbury-, pero fue en sus últimos años cuando más brilló su fútbol gracias a la labor de Wenger. Una primera etapa de juego, la que va de su llegada a la liga de los invencibles, se caracterizaba por el contragolpe y un fútbol de toque vertical cuyo juego aprovechaba los espacios de los jugadores en zona. Jugadores como Dennis Bergkamp, Robert Pirès, Ljunberg o Thierry Henry eran temibles cuando se acercaban al área rival.

La segunda etapa de Wenger en el Arsenal coincide con la última temporada en Highbury. La decisión de dejar marchar a Patrick Vieira a Italia en beneficio de Cesc Fàbregas -por entonces una futura promesa- supuso un cambio en el ritmo de juego del equipo. En seguida el público pudo contemplar el juego más exquisito que se había visto en Inglaterra. Esto coincidía con el renacer de un Barça -con Ronaldinho a la cabeza- en España y Europa; ambos equipos tomaron el testigo del denominado ‘fútbol total’ que pondrían en órbita al resto del fútbol durante los años siguientes.

Lo histórica que iba a ser la temporada 2005/06

Àrsene Wenger ya no tenía nada que demostrar en Inglaterra. El fútbol de su equipo había enamorado a muchos ingleses, incluso a aquellos aficionados que entendían el estilo de juego rocoso y efectista de siempre como el único fiable. Pero, como dijo una vez Cruyff, el fútbol siempre debe ser un espectáculo. Así que el tiempo le ha dado la razón a este señor, ya que actualmente los equipos de la Premier League estilan el mencionado fútbol total.

De modo que este Arsenal tan solo tenía que levantar un trofeo internacional para que los escépticos ingleses reconocieran que tenía futuro jugando como un club continental. Hasta la temporada 2003/04 -la de los invencibles-, la incursión del Arsenal en Europa fue irregular. Acumulaba una final de Copa de la UEFA perdida contra el Galatasaray turco en la temporada 1999/00 y sucesivas eliminaciones previas a cuartos de final de Champions League durante esos años. Su luz se apagaba cuando defendía su estilo por Europa.

Pero, precisamente la temporada en que Wenger apostó por un fútbol más pausado y vistoso, entonces obtuvo mejores resultados. Veteranos en el vestuario como Bergkamp, Ljungberg o Pirès sabían que su sueño de alcanzar una final de Champions sería cada año que pasaba más remoto. Se habían sumado nuevos talentos como Reyes, Van Persie o Hleb, así como el mencionado Fàbregas, y el equipo comenzó a brillar. Además, era una manera de terminar un ciclo fantástico con un título continental, dejando atrás el mítico Highbury. Durante esa temporada, el Arsenal vistió una camiseta morada y no la roja con detalles blancos. Así que lo histórica que iba a ser la temporada 2005/06 no era solo por el cambio de estadio; es decir, el feudo de Highbury iba a traer muchas sorpresas antes de echar su cierre.

En Champions realizó una gran fase de grupos sin perder un solo partido

En liga el Arsenal bajó el rendimiento, también propio del desgaste y la generación de nuevos competidores poderosos como el Chelsea de Mourinho y Abramovich o el ‘Spanish’ Liverpool de Rafa Benítez, además del hegemónico Manchester United de Ferguson. Pero en Champions, tras realizar una gran fase de grupos sin perder un solo partido, se plantó en octavos de final contra el Real Madrid.

Una contra letal desde medio campo de Henry en la ida dejó sentada a toda la defensa silenciando el Bernabéu. Ya no hubo más reacción por parte del Real Madrid en la vuelta. En octavos despacharon con relativa facilidad a la poderosa Juventus de Capello en Highbury. Ya en semifinales, otro gran partido en Londres contra el Villarreal -la otra sorpresa de esa edición- y un fatídico penalti fallado en la vuelta por Riquelme a minutos del desenlace final hicieron posible la gesta del Arsenal.

La mala fortuna cayó sobre el Arsenal

Sin embargo, lo que parecía que iba a ser una final muy igualada contra el Barcelona, en el minuto 18 la mala fortuna cayó sobre el Arsenal. El portero Lehman salió de su área con todo su largo cuerpo evitando que Eto’o pudiese disparar, pero con la imprudencia de agarrarlo fuera del área, lo que se convirtió en su expulsión y condicionó el resto del partido jugando el Arsenal con diez. Wenger sentó a Pires para colocar en la portería al español Almunia. Pero, inesperadamente, un cabezazo de Campbell, el histórico líder en la defensa del Arsenal, puso por delante a su equipo en la final. Hasta que en los minutos finales del partido dos jugadas de libro, de esas que nunca se olvidan, permitieron al Barça remontar y llevarse el ansiado trofeo a la gloria.

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Perder así, con la miel en los labios, fue desalentador. Muchos de los líderes del vestuario se retiraron o cambiaron de proyecto. El cambio al Emirates Stadium, con mejores instalaciones, hipotecó al Arsenal para volver a la senda del éxito. Tardó diez años en levantar un título. Wenger mantuvo intacto su modelo de juego, que siguió desarrollando con buen gusto, aunque sin éxito. Pero, al menos, los aficionados del Arsenal podían sentirse orgullosos porque el fútbol que se practicaba en su barrio era bonito y sería recordado por siempre.

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