CHET BAKER: UN ÁNGEL CAÍDO

Hay personas que nacen con un don especial. Sobre todo en las artes. Lo normal en estos casos es que aprovechen su oportunidad y sigan su camino para convertirse en artistas reconocidos el día de mañana. Esto requiere un esfuerzo de tiempo y dinero que muchos no están dispuestos a invertir. Y hay quienes, pese a su falta de ambición o de motivación, llegan igualmente al éxito. Aunque sea demasiado tarde. Personas así las hemos conocidos todos. Pero hay casos inauditos. Uno de esos tipos era Chet Baker, que sobrevivía con su talento a base de muy poco esfuerzo.

Caída a los infiernos

Chet Baker apenas ensayaba ni prepara los conciertos. Llegaba a la sala, subía al escenario, miraba a sus compañeros y se disponía a tocar la primera canción, pero en los primeros compases las notas desafinaban. Se atrevía incluso a vender su estimada trompeta en momentos previos a un concierto para obtener una papelina que chutarse. Chettie, como le llamaban cariñosamente quienes le conocían de cerca, había esquivado la muerte demasiadas veces. Por eso, cuando se cumplen treinta años de su desaparición, hay quien duda todavía de la versión oficial de su acta de defunción. Sus últimos meses de vida quedaron retratados para la posteridad en el magnífico y revelador documental Let’s Get Lost (1988), en el que Bruce Weber tanto dinero invirtió para entronizar a su inspirador ídolo. Un trabajo que demuestra su admiración por el genio de la sutileza.

En él se recogen momentos brillantes en los que se ve a un Chet Baker poseído por su perdición. También de aquellas personas que fueron importantes de algún modo en la vida de Chet aportan como contrapunto su testimonio. Realmente a Chet Baker nunca le importó nadie más que sí mismo, al menos desde su caída a los infiernos de la heroína. Un material que años después completaría el escritor y biógrafo oficial James Gavin en Deep in a dream, la larga noche de Chet Baker (2004), donde narra con detalle cada uno de los episodios de la vida del malogrado artista y que dejan una profunda decepción en el lector al descubrir quién era como persona el chico más cool de toda la Costa Oeste. Chet era un macarra, pero también dulce y vulnerable. Sin embargo, su incongruencia no es motivo suficiente para que detestes su personalidad.

En busca de aventuras y desenfreno al son del bebop

Este comportamiento se explica cuando conoces el contexto generacional en los años de su juventud, donde la sociedad americana pasó de la ingenuidad a la rebeldía de la noche a la mañana. Y él representaba a la perfección ese hedonismo descontrolado que se ocultaba durante el día, pero que rugía a partir de medianoche en muchos clubs de jazz. A principios de los años cincuenta, Estados Unidos comenzaba una etapa de esplendor económico. Dejaba atrás la miseria de los años treinta y la Gran Guerra de la década de los cuarenta. La diversión se palpaba en el ambiente. Y el jazz marcaba el ritmo de baile en las pistas, antes de que el rock and roll se convirtiera en fenómeno de masas.

Let’s Get Lost, de Bruce Weber (1988).

Chet se unía a la nueva ola como una de las grandes promesas del jazz. Su frescura y belleza no pasaron desapercibidas. Como así quedó demostrado en el reportaje fotográfico de William Claxton. Pero Chet también representaba ese colectivo contracultural -los hipsters- formado por jóvenes blancos que vestían harapos, cruzaban el país de costa a costa con los bolsillos vacíos en busca de aventuras y desenfreno al son del bebop. Y que escritores como Jack Kerouack o poetas como Allen Gingsberg abanderaron como la generación beat. Oklahoma era un lugar demasiado tranquilo para un joven blanco que tenía un don para tocar la trompeta.

Embaucador como pocos

Así que hizo las maletas y se mudó a California, donde hizo carrera para bien y para mal. Empezó a tocar con estrellas del momento como Charlie «Bird» ParkerMiles DavisGerry Mulligan o Stan Getz. Nada menos. Su físico recordaba a jóvenes estrellas de Hollywood que estaban despuntando en aquel momento, como James Dean. Una generación maldita. Como así comprobaría de primera mano el propio Chet durante su primera gira por Europa, cuando perdió a su pianista Dick Twazdick en su presencia mientras se relajaban un poco en la habitación del hotel en París. Un suceso que le marcaría de por vida.

Álbum donde participaron Chet Baker y Dick Twazdick.

Al día siguiente ya estaba en el estudio grabando un nuevo tema. Ese era el tiempo que le duraba el sufrimiento y la tristeza. Lo que tardara en probar una nueva dosis. Su dependencia le acabó costando su libertad en Italia, un país donde gozaba de un público que le adoraba, pero cuyas autoridades públicas se hartaron de su estilo de vida. L’Angelo fue condenado judicialmente por robo, falsificación documental y posesión de drogas. Pero La Tromba d’Oro pudo salir del trullo a tiempo y de volver años después. Embaucador como pocos, cualquiera sucumbía a su irresistible belleza. Se casaría dos veces, con el que tendría un hijo durante el primer matrimonio, y tres en el segundo, aunque nunca ejerció como buen padre de familia.

Sus alas rompieron como un ángel caído

Siempre estaba con el pie en el estribo, nada le ataba, ni su propia madre. Incluso tenía el descaro de exhibir sus nuevos romances sin importarle el daño que causara a sus esposas e hijos. Aun así, cualquiera que conviviera o trabajara con él, acababa dándole otra oportunidad, pensando que se comprometería de una vez a recuperarse de sus adicciones para por fin convertirse en la estrella de prestigio internacional que se le resistía tanto. Su facilidad para emocionar a los espectadores con su voz suave o su virtuosismo con la trompeta para recrearse en el espacio-tiempo era flagrante. Como tampoco se preocupó de proteger su legado. Firmaba contratos leoninos a cambio de un saldo inmediato para tratar su necesidad imperiosa.

Chet Baker tocando la trompeta en los setenta.

Su familia perdió una buena ocasión para redimirse del infortunio de crecer al desamparo de Chet, pues reunía una obra ingente, ya que grabó más de ciento cincuenta canciones entre estudio y directo, pero su falta de entereza le impidió pactar acorde a lo que le correspondía. Se conformaba con vivir con lo puesto. Sin importarle el tiempo que duraría en ese estado. Tampoco parece que se mirara al espejo, pues su físico fue deteriorándose prematura y aceleradamente. Ya en sus últimos años, decidió instalarse en Países Bajos, huyendo de los problemas que cargaba a sus espaldas. Dejaba atrás a toda su familia y amantes, a amigos y compañeros cercanos, con la intención de encontrarse a sí mismo. Y así, perdido en la soledad de una noche en Ámsterdam, sus alas rompieron como un ángel caído.

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